Si bien es cierto que el Juez Kavanaugh tiene las credenciales académicas y profesionales para desempeñarse al interior de la Suprema Corte, su calidad moral ha quedado en entredicho.

De manera recurrente, la violencia contra la mujer en todas sus formas, encuentra siempre los argumentos que la minimizan, la normalizan, y la convierten en causante de indignación pero no en acción. La sonrisa burlona que se asoma en el rostro de un hombre acusado de abuso o acoso sexual, y que se ve respaldado por un sistema que no solo lo justifica, sino que lo redime y lo disculpa; nos indigna, lastima y desmotiva.

No es necesario remitirnos a ejemplos monstruosos y patológicos como el de Juan Carlos en Ecatepec, pensemos en casos como el de Bill Clinton, Bill Cosby, Kevin Spacey, o Brett Kavanaugh que, en las esferas del poder y la popularidad, no logran diluir las voces de las víctimas sino que, por el contrario, refuerzan las ideas modernas acerca de la sociedad patriarcal y la violencia sistemática en contra de las mujeres.

Cuando en 1789 se incluyeron los estatutos de conformación de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, se pensó en un órgano fortalecedor del check and balance system, que integrado por nueve jueces, llevara la rectoría del Poder Judicial.

Una prerrogativa del Poder Ejecutivo de Estados Unidos es la propuesta al Senado de los jueces que integrarán la Corte y desde su creación, sólo en dos ocasiones, este órgano de los EU ha detenido la Confirmación de una nominación hecha por el presidente de dicho país.

Leer nota completa en: Forbes México

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *